“UN LIBRO AL PRECIO DE UN KILO DE PAN”

*Por Carlos Hurtado para La Ventolera

¿Por qué se ataca a los libros y a quienes escriben? si estos educan, son bienes culturales, que rescatan el ayer, acercan futuros y sostienen utopías… ¿Será por sus “orientaciones diferentes” ya que mientras unos respaldan lo instituido, otros desean cambiarlo? si, seguro, las disputas ideológicas liberan fanatismos en los autoritarios: no se discute lo establecido y se castiga la rebeldía…

Las dictaduras no son sinceras ni neutrales: defienden intereses políticos, económicos y culturales de las minorías; por caso, la de Argentina del 76 al 83 sostuvo sus ideas con la desaparición, tortura, asesinato y represión de quienes la resistían ideológicamente; así, se entiende la quema de libros o la sanción de Resoluciones como la 538/77 del Ministro de Cultura y Educación que distribuyó en las escuelas el folleto “Subversión en el ámbito educativo (Conozcamos a nuestro enemigo)” o la creación de Comisiones de Ética (con artistas, intelectuales y escritores afines) que “recomendaban” libros y material didáctico a las escuelas públicas y privadas. El resultado: en 1976, se retirarían obras de Paulo Freire de la UNC, y, en el 78, se lo prohibiría en el sistema por ser un medio de ideología marxista en la educación, que atenta contra los valores de nuestra sociedad occidental y cristiana”: su “ataque” consistía en afirmar que el analfabeto siente y dice lo que vive, aunque no lo escriba ni lo lea; y que esa primera “lectura del mundo”, previa a la “de la palabra”, si fuera crítica, lo ayudaría a cambiar su realidad desde las prácticas: porque el alfabetizar, como acto político, le permitiría descubrir “el origen de su pobreza”. Ese era el riesgo de su pedagogía del oprimido…

En tanto, la Escuela de Comercio Manuel Belgrano (de la UNC) sufriría la desaparición y muerte de 12 jóvenes[2], la persecución de preceptores y docentes y, el 2 de abril del 76, una quema de libros[3] a los cuales, el 19, se le agregarían otros de Juan Perón y Eva Duarte “por no responder a los contenidos del curriculum”. Asimismo, el 29 de abril, hace ya 44 años, en el Regimiento de Infantería Aerotransportada 14 del Comando del III Cuerpo de Ejército, camino a La Calera, arderían miles de libros sustraídos a viviendas, librerías y bibliotecas: el día 30, el Comunicado del Ejército se publicaría en La Voz del Interior como “Incineración de literatura marxista” y en La Opinión con el Queman libros subversivos en Córdoba”. El General Menéndez, con su oficina frente a la pira, afirmó que “de la misma manera que destruimos por el fuego la documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán destruidos los enemigos del alma argentina”: entre la “documentación perniciosa”, se hallaba “El principito” de Antoine de Saint-Exupéry…

A tal quema, Ludmila Da Silva Catela la definió como una “puesta en escena que (…) quería generar una profunda cultura del miedo y de la autocensura”.

Como síntesis: en 1974 se imprimieron 50 millones de libros y del 79 al 82, 17 millones; en 1974 cada persona leía 3.4 libros por año y, en 1981, sólo el 0.8[4] de un libro. Los daños eran irreparables…

¿Tienen unos pesos para comprar nafta…?

Ni bien caída la dictadura, llegaron a Córdoba consultores de UNESCO; con ellos y otros especialistas, campesinos, agentes comunitarios, maestros rurales y miembros de la cultura cambiaríamos, en modo crítico e innovador, los rumbos de la educación rural local. Tiempo después, ya alejado del proyecto por diferencias ideológicas, escribiría unas notas sobre él; uno de los borradores llegó a Amanda Toubes, partícipe del proceso y editora del Centro Editor de América Latina, que presidía y fundara Boris Spivacow[5]; después de leerlo, me diría “veámoslo a Spivacow…”: la reunión fue prodigiosa, Boris era “una persona vinculada en forma absoluta a los libros” y cautivaba verlo sumar, dividir y multiplicar –solo con su mente- palabras, hojas, espacios,  dimensiones, total de libros y costos editoriales. En 1992, sería publicado como “La Educación popular en zonas rurales”; en 1994, con 79 años, fallecía Spivacow y, en 1995, el CEAL se cerraba definitivamente…

Esta “librería”, considerada la más importante en nuestra historia, vendía sus libros en quioscos de diarios y revistas al precio de un kilo de pan y destacaba por sus posiciones rebeldes y críticas. La dictadura iría contra ella en 1978, encarcelando trabajadores por “publicar libros subversivos y comunistas”: se lo recuerda a Spivacow, coherente, asumirse como el único responsable, porque los empleados “sólo se limitaban a cumplir instrucciones, sin poder de decisión alguno”; también, por aquel 26 de junio de 1980 cuando el juez federal de La Plata, héctor gustavo de la serna (así, en minúsculas), ordenó la quema de sus libros: la mayor que registra la Argentina (1.500.000 ejemplares, 24 toneladas) en un baldío de Sarandí, Buenos Aires; como testigos, Boris y Amanda; ella, diría

“caminamos al lado del camión que llevaba los libros; los policías iban armados hasta los dientes y ridículamente vestidos para hacer una fogata que se negó a arder. Si hubo una alegría ese día fue que los libros no se quemaban: les ponían fósforos y nada, no prendían. Uno de los policías vino a preguntarnos si no teníamos unos pesos para comprar nafta: lo único que faltaba, darles plata para que quemaran nuestros libros…”

En pocos meses se cumplirán 40 años de aquel feroz ataque a la cultura; Mempo Giardinelli diría “simbólicamente, voy a hacer con mi hija una casita de libros en el jardín de nuestra casa. Y le voy a explicar como es que el fuego destruye todo, libros incluidos, pero no puede destruir (…) la memoria” Sí Mempo, hoy la protege la muestra “Memoria en llamas: La quema de libros del Centro Editor de América Latina”; los videos “La quema de libros en Sarandí: La historia” y La quema de libros en Sarandí: Los testigos” y los libros que florecen en nuestros patios…

 

La Biblioteca Roja

Una historia cordobesa narra que, pocos años atrás, Gabriela Halac le contó a Tomás Alzogaray Vanella que investigaba sobre “la biblioteca que su padre quemó en el 63” y que, Tomás, le apuntó que los suyos “la enterraron entre el 75 y el 76”; también relata que revisaron los hechos entusiasmándose con el del 76, por aquello de “libros peligrosos, por ser marxistas”: surgiendo allí, “La Biblioteca Roja”, como nombre del proyecto; entonces, se recuperó a Dardo Alzogaray, docente en la Escuela de Artes de la UNC, historiador, fallecido en 2016 y a Liliana Vanella, pedagoga y docente; ambos militantes de Línea de Acción Popular de la izquierda socialista y que, ante los riesgos de la época, se exiliarían en México previo enterrar su biblioteca en el patio de la casa en Villa Belgrano; Dardo se iría en agosto del 76; Liliana y Tomás, en diciembre. Volvieron 8 años después e intentaron recuperarla varias veces sin éxito: el olvido, parecía triunfar sobre la memoria…

Pero Gabriela y Tomás accedieron a fondos del Ministerio de Cultura de la Nación y completaron el grupo sumando miembros del Equipo Argentino de Antropología Forense, del Archivo Provincial de la Memoria, científicos, fotógrafo y sociólogo. Comenzaron a excavar el 7 de enero de 2017 y, los antropólogos, estudiaron el terreno y hallaron (a 1½ m de profundidad) el primer paquete de los 16 enterrados en el pozo de cal; las tareas acabaron el 11, rescatando (después de 40 años) a unos 100 libros. Los expertos, coincidirían en que a pesar de que Dardo y Liliana habían intentado “idear con ladrillos, un sistema de filtrado”, los libros podían dañarse; se decidió dejarlos en los paquetes “envueltos en bolsas, con cintas como moños”, como testimonios de “la violencia de los 70 y la lucha por construir la memoria…”

En tiempos en que pequeños jueces liberan a los que iniciaron el fuego, nosotros celebramos el germinar de las bibliotecas rojas…

“la primera imagen que te devuelve (la memoria) es la de una pala de punta y un Citroën de dos puertas cargado hasta el techo con libros que no se podían ni leer ni tener ni comprar, bajo pena de arresto y desaparición: libros de Machado, de Gelman, de Marechal, de Lorca y de Marcuse. ¿Y la pala? Ah, la pala era para cavar un pozo en las entrañas de un baldío para enterrarlos. Antes, se envolvía cuidadosamente cada volumen con una bolsa de plástico de los Almacenes Americanos”[6]

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*Por Carlos Hurtado, Profesor y Licenciado en Ciencias de la Educación.

[2] La Justicia demostró la presencia de listas de alumnos peligrosos, hechas por su Director T. Rigatuso.

[3] Buena parte de ellos, correspondían al Centro Editor de América Latina.

[4] Extraído de Bibliotecas y dictadura militar. Córdoba 1976-1983. ZEBALLOS, Federico. Escuela Bibliotecología. FFyH. Universidad N. de Córdoba. 2006

[5] Boris Spivacow, matemático, hijo de inmigrantes rusos, Gerente General de EUDEBA (Editorial de la Universidad de Buenos Aires) entre 1958 y 1966 obligado a abandonar la Universidad, junto a profesores e investigadores después de la “Noche de los bastones largos” y a pesar de llevarla a una alta consideración por sus productos y precios. En 1966, fundaría el Centro Editor de América Latina.

[6] Extraído Obra cit. ZEBALLOS, Federico, corresponde a Daniel Salzano, fallecido en 2014.

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