Pandemia y estructura social

Por Tomás Gasparrini 

Generalmente las situaciones de crisis coyunturales dejan salir a la luz los problemas estructurales, ya sea porque permiten dar cuenta de ellos o porque se retoman sus reflexiones. Esto pasa tanto a nivel psicológico de los individuos –cuando se dice que uno “explota” y la mente empieza a recordar una sumatoria de cosas- como a nivel del sistema social. Tanto uno como el otro son sistemas complejos, ya que son entidades resultantes de una multitud de elementos interactuando entre sí. De esta manera, podemos enunciar que todo problema social –por ser de orden sistémico- es un problema complejo y, por lo tanto, debe abordarse como tal: esto es, atendiendo a una multicausalidad y no a eventos aislados y analizados de manera singular. Puede parecer una obviedad decir que un problema complejo debe tratarse de manera compleja, sin embargo, la tendencia epistemológica humana parece ser la de atender dicha complejidad de manera simple o simplificadora.

Dicho esto, creo que la coyuntura actual es un ejemplo claro de lo mencionado. En primer lugar, un ejemplo de crisis que saca a flote los problemas profundos de las sociedades y, en segundo lugar, un ejemplo de problema social complejo abordado de manera simple –lo cual es también un problema estructural de nuestra era-. Como ya se ha dicho mucho en estas semanas, lo más sensato en esta situación particular es realizarnos preguntas sobre este evento y no formular supuestos predictivos elaborados en función de una futurología. En este sentido, propongo algunas preguntas que tienen el propósito de invitar a pensar sobre los dos aspectos mencionados en relación con la coyuntura actual.

¿CRISIS COYUNTURAL O CRISIS ESTRUCTURAL? LA DEFINICIÓN DE LOS PROBLEMAS

Ante la crisis que parece detonar la pandemia considero que es necesario hacernos preguntas como: ¿es realmente el coronavirus un enemigo peligroso o sólo lo es en un contexto de auge de las enfermedades civilizatorias –enfermedades respiratorias, cáncer, diabetes, enfermedades cardiovasculares, etc.-? ¿Hay una crisis coyuntural que acabará cuando se controle el virus o hay una crisis de las sociedades modernas cuyas falencias se perciben más en el contexto de una pandemia? ¿El coronavirus vino a destruir la economía o vivimos en un mundo donde hay economías tan deterioradas y desiguales que un mes sin trabajar implica para sectores enteros una tensión de ingreso cero/necesidades básicas? ¿El aislamiento es la causa de que los niños se alteren o estamos criando niños alterados –a raíz de cuestiones alimentarias, relacionales, simbólicas, etc.-que explotan en una situación extrema como esta? ¿El problema es que el virus “se las agarra” con los viejos o que llegamos a viejos en condiciones de salud –entendida esta de manera compleja- pésimas?

En este sentido, ¿el problema es el coronavirus o el problema es el modo de vida moderno? ¿hay una crisis sanitaria proveniente de la naturaleza o hay una crisis humanitaria global?
Para ponernos a pensar las respuestas a este tipo de preguntas hay que hacer uso del análisis histórico y constructivista de las cosas. Es decir, no es correcto suponer que nuestro modo de vida es “natural” o que se da por sí mismo. Las enfermedades civilizatorias son –como su adjetivación lo indica- características por tener un origen reciente en la historia de la humanidad; las economías de las poblaciones no estuvieron siempre regidas por las leyes del mercado y sus consecuentes desigualdades; el hacinamiento no es un aspecto inherente a la especie humana y los niños no son por naturaleza violentos, alterados o hiperactivos. Estos son algunos de los miles de ejemplos que se pueden mencionar como característicos de nuestra época para dar cuenta de la historicidad de los hechos sociales.

Este nuevo modo de vida lleva apenas algunos siglos, por lo que podría caracterizárselo como algo nuevo –no por eso poco transformador, sino todo lo contrario- si tenemos en cuenta que la hominización se estima que empezó hace millones de años y solo hace algunos miles que nos organizamos en comunidades, somos sedentarios y controlamos la agricultura. Es por esto que el análisis histórico también requiere de una perspectiva amplia e integradora y no enfocada solo en lo inmediato. Por lo tanto, no es natural que vivamos en economías desiguales, que nos alimentemos de manera industrial, que las decisiones políticas las tome una minoría, que los sistemas de salud tengan su eje en la medicación y no en la prevención, etc. etc. etc. (No todo en la modernidad es negativo, hay que matizar; sin embargo, el balance general es demasiado nefasto).

Ahora bien, volvamos a los problemas. Si bien la definición de los mismos puede ser relativa a cada uno de los sujetos de este planeta, hay ciertas definiciones que tienen mayores posibilidades –o todas- de configurarse en hegemónicas frente a otras que ni siquiera puedan llegar algún día a formularse públicamente. En este sentido, los Estados nacionales –y, por ende, los sujetos que están al mando de los mismos- tienen el poder suficiente para atribuirse la definición de los problemas sociales; y parece ser que la definición que ha ganado –otra vez- en esta coyuntura es de carácter parcial y simple: El problema es el coronavirus.

¿RESPUESTAS SIMPLES A PROBLEMAS COMPLEJOS?

Una vez me han dicho que en la definición del problema está la definición de la solución. Esto es, si el problema es el coronavirus, probablemente la solución sea controlar la pandemia empleando ciertas estrategias como la cuarentena, el aislamiento social obligatorio o algunas medidas progresivas. Si el problema por definición son las consecuencias de la modernidad, bueno, probablemente no estaríamos discutiendo estas cosas. Ahora bien, por más que podamos considerar a la pandemia como un problema parcial derivado de un problema estructural, esto no le quita complejidad –que no es sinónimo de gravedad- ya que es un problema social. En este sentido, debe ser abordado de manera compleja.

Mencionado esto, se me ocurren otras preguntas para problematizar la situación: ¿los estados están dando respuestas teniendo en cuenta una multiplicidad de factores o sólo el aspecto sanitario? ¿es necesario pagar el costo –económico, sanitario, social- de un aislamiento social obligatorio nacional o es preferible invertir en un aislamiento eficaz de los sujetos que conforman los grupos de riesgo? ¿o lo anterior tiene que ver con un análisis costo-beneficio político de parte de los gobiernos y las instituciones? En ese sentido, ¿la respuesta del estado argentino es rápida, como se viene diciendo, o simple? ¿se discutieron otras estrategias o hubo unanimidad –participativa y decisional-?

En las últimas dos preguntas considero que pueden distinguirse dos aspectos críticos estructurales de nuestros sistemas políticos. Una es la característica de dar respuestas simples a problemas complejos; esto es lo que conocemos como los parches a cuestiones estructurales. Bien se podría argumentar que hay que actuar con respuestas inmediatas a una crisis; pero ¿cuándo dejaremos de atender urgencias y de una vez por todas pensaremos soluciones de fondo? ¿En otra coyuntura nuestros dirigentes políticos celebran que somos el país que más consume gaseosas en todo el mundo y ahora hay preocupación por los enfermos crónicos? Creo que queda claro.

La otra es la baja calidad democrática, si concebimos a esta como la forma organizativa que garantiza una construcción de las sociedades a partir del intercambio de la pluralidad. Esto viene a raíz de que hay muchos expertos que están planteando a partir de análisis de los datos científicos –discutibles y confusos, por cierto- que se está realizando una lectura errónea de la situación y por ende se están adoptando estrategias no sólo equívocas sino contraproducentes: sabemos las consecuencias que trae el aislamiento social con respecto a la salud física y mental, a lo relacional, lo económico, etc. Sin embargo, no vemos a diario a estos expertos en televisión y no forman parte de las mesas de “debate” de la gestión pública.

La simplificación de la complejidad no es una cuestión que se concierne al ámbito gubernamental, es un problema que se expande a lo largo y ancho de nuestra epistemología social, es decir, nuestra manera de ver y conocer el mundo. Todo lo dicho no tiene como propósito restarle importancia a la pandemia, sino todo lo contrario, sumarle complejidad a su análisis. Ahora, este no será el resultado si no hay un cambio de paradigma, no sólo científico sino de orden epistemológico de sentido común, en donde la complejidad rija nuestra manera de ver el mundo, porque somos sujetos complejos en un mundo complejo. Es el turno de pensar si seguiremos siendo respondedores de crisis o si en algún momento nos adelantaremos a ellas construyendo estructuras sólidas. Creo que la respuesta puede marcar el horizonte.

 

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