La masacre de Trelew y la construcción de “un demonio”

Por Rodrigo Duarte

El 22 de agosto de 1972, la historia argentina volvió a salpicarse con sangre y fue un gobierno de facto quien aplicó la violencia para demostrar su poderío y sembrar el temor en la sociedad, esta vez utilizando como víctimas a diecinueve presos políticos pertenecientes a los principales movimientos armados revolucionarios de la época, de los cuales tres sobreviven para contar la historia. Este hecho es conocido como “la masacre de Trelew”.

Tal como lo definió Eduardo Luis Duhalde, “de Trelew podemos sacar enseñanzas muy concretas y muy aleccionadoras para entender el pasado inmediato, que es una forma de entender el presente y el futuro argentino”. Muchas veces, cuando hablamos del terrorismo de Estado impuesto por la dictadura militar de 1976 dejamos de lado una serie de aspectos históricos que hicieron a la conformación de esa violencia aplicada desde las cúpulas militares sobre la base de la pedagogía del terror, la no asunción de la autoría de los hechos, el pacto de sangre entre las tres fuerzas militares y una política genocida. También se pueden encontrar huellas en la construcción que hicieron de este acontecimiento los medios  de comunicación. Precisamente, analizando los diarios más importantes de 1972, por su tirada y capacidad informativa, puede observarse que la cobertura realizada introduce a un período histórico que marcó a fuego, y con fuego, el devenir político, económico y social de Argentina.


        

I

Para introducirnos a los acontecimientos ocurridos el 22 de agosto de 1972 en la Base Aeronaval Almirante Zar de la ciudad de Trelew, debemos remitirnos a lo sucedido una semana antes en el penal de máxima seguridad de Rawson, donde un grupo de presos políticos llevó adelante una fuga masiva en la cual planeaban evadirse unos 110 detenidos por orden de rango militar.

El intento se frustró por un error en los códigos previstos para la ocasión. Sin embargo, el primer grupo (conformado por seis personas, entre las que se encontraban los líderes de las organizaciones armadas participantes de la fuga) logró abordar un avión de la compañía Austral que tenía como destino Buenos Aires y desviarlo hacia la ciudad de Puerto Montt en Chile (país en el que gobernaba la Unidad Popular, integrada por diferentes grupos de izquierda, y el Presidente era Salvador Allende). El segundo grupo, con 19 miembros, no llegó al avión y tomó provisoriamente el aeropuerto de Trelew a la espera de un segundo avión que al ser alertado no aterrizó en ese aeropuerto. Horas más tarde, y luego de pedir la presencia de un médico que constatara su estado físico, un juez federal y la prensa como manera de proteger su seguridad y exigir ser devueltos al penal del que habían fugado, entregaron las armas sin oponer resistencia y fueron trasladados a la Base Almirante Zar.

Los seis presos que llegaron al aeropuerto tomaron el avión y lograron huir hacia Chile fueron Mario Roberto Santucho, Enrique Haroldo Gorriarán Merlo y Domingo Menna, del Ejército Revolucionario del Pueblo; Marcos Osatinsky y Roberto Quieto, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias; y Fernando Vaca Narvaja, de Montoneros.

Detenidos en Trelew quedaron Ana María Villarreal de Santucho, Clarisa Rosa Lea Place, Mario Emilio Delfino, Eduardo Adolfo Capello, Humberto Adrián Toschi, Jorge Alejandro Ulla, Humberto Segundo Suárez, Miguel Angel Polti, Rubén Pedro Bonet, Alfredo Elía Kohon, Carlos Alberto del Rey y José Ricardo Mena, integrantes del ERP; María Angélica Sabelli, Carlos Alberto Astudillo, María Antonia Berger y Alberto Miguel Camps de las FAR; y Susana Graciela Lesgart, Mariano Pujadas y Ricardo René Haidar, de Montoneros.

II

La madrugada del 22 de agosto los detenidos fueron fusilados. Murieron 16. Sobre este hecho se elaboraron diferentes versiones. Oficialmente se dijo que fue un intento de fuga encabezado por Mariano Pujadas. Esta versión se fue modificando con los días. Luego se conocieron mayores detalles y la verdadera historia por medio de los testimonios de los tres sobrevivientes (Berger, Camps y Haidar) que se oponían totalmente con los datos oficiales.

La primera reacción del gobierno de Alejandro Lanusse fue un comunicado de prensa y la reforma del Código Penal prohibiendo la publicación de información adjudicada a “grupos subversivos”. En el comunicado publicado textualmente en todos los medios se aprecia la caracterización de las víctimas que realizan los militares, y de la que son eco los medios, a través de axiológicos negativos. Los muertos son “subversivos” que se habían fugado del Penal de Rawson. Esas características los transforma en victimarios, colocando a los militares como “buenos”, “víctimas” y “guardianes del orden”.

En ese contexto las versiones oficiales giran en torno a la natural situación de “control” de las celdas y los detenidos. A partir de esa acción inicial en pos de mantener cierto orden legal, los detenidos atacan “por la espalda” al capitán que emprendía los controles y le “sustraen la pistola” para iniciar un nuevo intento de evasión.

Semanas más tarde, los abogados de los sobrevivientes negaron estas versiones que luego formaron parte de un informe oficial sobre los hechos y consideraron que este acontecimiento fue “uno de los asesinatos más horrendos” de la historia argentina en la que dieciséis “presos políticos” resultaron muertos y otros tres gravemente heridos.

Los letrados también hablaron del “silencio de la prensa” y “de la mayoría de los sectores políticos”, pero rescataron que “a poco de consumado el homicidio se dictó una ley que estableció normas represivas contra todo aquel que recurriera a otras fuentes de información que fueran las de los victimarios”.

Las razones en las que se valieron para refutar las versiones oficiales fueron variadas, principalmente lo “absurdo” de “suponer que cuadros políticos fogueados y lúcidos hayan intentado un escape tan irracional, en condiciones tan desfavorables, cuando no lo intentaron estando armados, disponiendo de posibles rehenes y enfrentando un dispositivo todavía no asegurado antes de su rendición”.

Posteriormente, un testimonio de Ricardo René Haidar ante un juez civil daba cuenta de los hechos desde la versión de sobreviviente. De esa declaración puede destacarse la actitud del capitán Sosa con los detenidos, las amenazas y los maltratos permanentes, y las conductas del oficial Bravo. En su relato, sostiene que el día de los hechos fueron “despertados violentamente”, les ordenaron formar en el pasillo y, “sin que mediara el menor incidente”, abrieron fuego. Luego se escuchó la voz de Bravo que decía “se quisieron fugar, Pujadas quiso quitarle la pistola al capitán”.

 

III

Trelew fue el comienzo del terrorismo de Estado que se oficializaría a partir de 1976. Esta acción de las Fuerzas Armadas encontró en los medios de comunicación a sus aliados (si bien mediaron estrategias de censura) que propiciaron un escenario social en el que luego se introduciría el “Proceso de Reorganización Nacional”. Si nos preguntamos qué responsabilidades tuvieron los medios, los políticos y la propia sociedad para que se produjera tal como se dio, una primera conclusión puede ser que había que fabricar “un demonio” para luego tener la excusa de combatirlo y detrás de ese pretexto realizar el aniquilamiento de una generación que luego se justificaría con la absurda “teoría de los dos demonios”.

Según pudo observarse en el análisis de los diarios La Opinión, Clarín y Crónica, éstos recurren constantemente a la omisión del sujeto agente de la acción mientras que los afectados por la misma aparecen descalificados axiológicamente. Es decir que el proceso que cubre a “la masacre de Trelew” se caracteriza por la utilización de la voz pasiva en oraciones no transactivas en la que aparece implicado sólo un participante.

Generalmente, los titulares configuran el marco explicativo adonde los acontecimientos adquieren sentido y, en ese orden, los tres medios recurren a una red de causas/consecuencias en la que un “motín” configura el marco referencial que implícitamente sugiere estas características y justifica el modo en que se produjeron los hechos.

Los primeros títulos hacen referencia directa a la circunstancia de “motín” y a los “muertos”, enmarcados en una estructura sintáctica pasiva en la que no se ve quién es el agente de la acción. La muerte parece un devenir natural de una situación de caos (el “motín”) provocada por las víctimas. Aquí vemos una estrategia de los diarios para reducir absolutamente la anomalía y naturalizar la muerte.

Constantemente se repite esta estructura de voz pasiva, operación lingüística mediante la cual se ha eliminado al agente, y no hay una acción sino un estado en el que los participantes afectados son guerrilleros y extremistas, todo un campo semántico que articula a la lucha armada con el campo del delito. Esta presencia es significativa al articularla con el supuesto discurso social de la época, ya que “no se puede a proteger quienes transgreden la ley”.

IV

Al intensificar lo axiológico negativo los diarios buscan asociarse a ese discurso social e insisten en una configuración totalmente negativa de los sujetos, como lo inadmisible, lo inaceptable. Las víctimas son configuradas como un colectivo, nunca como individuos a excepción de la configuración de sus “antecedentes guerrilleros” que también operan en el campo de lo axiológicamente negativo.

En esa significativa “semantización” de la violencia de los muertos, que aparecen como victimarios y no como víctimas, desde la que surgen varias metáforas según las cuales estos sujetos representaban una amenaza de muerte y disgregación para un colectivo (la sociedad) del cual son definitivamente expulsados.

En contraposición, el desarrollo de las crónicas muestra a los militares con verbos axiológicamente valorizantes de eficacia y precisión, lo que excluye también toda hipótesis de acción excesiva y descontrolada.

Los elementos lingüísticos observados, al igual que la categorización negativa de las víctimas, son los mismos que se encuentran en el texto del informe oficial, en un entramado de relaciones entre textos, fuentes y la noticia que luego circula, y así es como se definen, proponen y expanden esquemas de representación y legitimación de los hechos sociales.

Las oraciones en voz activa aparecen focalizando las acciones de los movimientos revolucionarios como manera de desdibujar el modo en que murieron. Estos grupos no son objetos de acciones sino promotores de las mismas (descalificadas también axiológicamente), y destematiza la presencia de los otros sujetos en cuestión: los militares.

Además, los “extremistas” son construidos por los medios como sujetos que “eligen” la muerte bajo la figura del “delincuente”, lo cual legitima lingüística e ideológicamente la acción militar.

V

En Clarín y, principalmente, en Crónica no son “presos políticos” (esta categorización haría pertinentes las distinciones de los movimientos armados a los que pertenecían las víctimas), sino que son un colectivo “delincuente” y altamente amenazante hasta para ellos mismos (hacen referencia implícita al “suicidio” al considerar la acción de fuga como algo imposible). En cambio La Opinión sí distingue a las organizaciones armadas y habla de presos políticos, lo que marca una diferencia textual muy significativa. Otra oposición puede encontrarse en el planteo de las primeras hipótesis sobre el hecho, ya que La Opinión no da mayor veracidad a las versiones sobre el “motín” y carga por medio de axiológicos negativos contra las fuerzas militares por la exagerada determinación.

Por su parte, y como antagónico, el diario Crónica tiene discursos perfectamente convergentes con los del gobierno. Utiliza la misma trama de significados, las mismas redes léxicas y semánticas, la misma configuración de los actores. En tapa aparecen sustantivos como constante del medio para calificar a uno de las víctimas: guerrilleros que mueren, terroristas que ponen bombas, subversivos que son peligrosos y detenidos que generaron disturbios. Como contraparte la vigilancia y seguridad de la policía y el ejército, para impedir que los primeros logren “criminalizar el país”.

Pero más allá de las distinciones, los relatos utilizados por los tres diarios están basados en antagonismos axiológicos y en la oposición de las isotopías orden/caos, vida/muerte e ilegal/legal, que van desembocando en un programático de solución final: militares eliminan a guerrilleros.

Los diarios parecen coincidir en algunas estrategias complementarias entre sí: mitigación, omisión de los militares (con el consecuente desdibujamiento del sujeto agente; tendencia a colocar en foco a la figura de los “subversivos”, categorizándola muy negativamente; tendencia a representar más estados que sucesos, priorizando las relaciones de causa-consecuencia; activación permanente de campos léxicos en relaciones de “parejas axiológicas” como lo bueno/lo malo y la violencia/el orden.

Además, no presentan ninguna relación polémica con las fuentes oficiales y hay reproducción de marcos interpretativos, designaciones y formas verbales que desencadenan en un colectivo imaginario de la sociedad de “demonios” a los que hay que controlar.

Podemos decir que, a partir de allí, se configuran los elementos que luego, en los años posteriores, sirvieron como fundamentos para la eliminación sistemática de personas por parte del Estado. Si en la construcción de los diarios los militares representaban la búsqueda del orden social y en oposición aparecían peligrosos extremistas con tendencia a criminalizar el país, las reacciones de la sociedad también girarían en ese sentido y se propicia el escenario general en el que luego se produciría el golpe de 1976.

*(En base a un trabajo realizado entre 2003 y 2005)

 

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