El CONICET en terapia intensiva

Por Florencia Ogas para La tinta
El 10 de abril, se celebra el Día Mundial de la Ciencia y la Tecnología, y, en Argentina, el Día del Científico. Un becario, un investigador asistente y una Profesional Principal de la Carrera de Personal de Apoyo Técnico dialogaron con La tinta sobre cómo el ajuste económico impacta en la actividad científica del país y en la calidad de vida de quienes la sostienen.

Desde que asumió la gestión Cambiemos, el CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) -principal organismo dedicado a promover la ciencia y la tecnología en Argentina- atraviesa una profunda crisis. La desinversión en el sector, el paso de Ministerio de Ciencia y Tecnología a Secretaría, y una economía en caída provocó incertidumbre entre becaries, investigadores, científiques, personal de apoyo y administrativo. El ajuste de fondos para el funcionamiento, infraestructura y financiamiento de la actividad científica es una postal que se asemeja a las peores épocas de la historia reciente de nuestro país.

En el caso de los Institutos CONICET, muchos no llegan a cubrir el pago de los servicios básicos, de higiene y seguridad. Se suma la depreciación de los salarios por la inflación y la suba del dólar, la disminución de vacantes para el ingreso a la Carrera de Investigador Científico y la imposibilidad de cumplir con los ingresos a la Carrera del Personal de Apoyo. Además, hay dificultades para renovar los contratos del personal administrativo. La mayoría renuncia a causa de la precariedad laboral en los contratos y los bajos salarios. Toda esta situación atenta contra la soberanía científica del país y deja a la ciencia en terapia intensiva.

Córdoba no está al margen. Guillermo Albrieu, investigador asistente de CONICET en el área de Virología; Eric Sigwald, becario doctoral de CONICET y Valeria Falczuk, Profesional Principal de la Carrera de Personal de Apoyo Técnico, dialogaron con La tinta para trazar un panorama a nivel local.

Imagen Colectivo Manifiesto

El plan es que no haya plan

Durante el fin de semana, el directorio de CONICET publicó los resultados de la convocatoria a la Carrera de Investigador Científico. De 2595 postulaciones, sólo se aprobaron 450 solicitudes, un 17,3% del total. En relación a los años anteriores, en el 2017, ingresaron 600 investigadores, mientras que, en el 2018, fueron 449. Quienes aspiran a ingresar son personas con formación universitaria que se dedican en forma exclusiva a la investigación. Este resultado provoca que muchos investigadores abandonen sus proyectos y busquen emigrar del país para continuar con su formación. “Hoy, estamos viendo dónde ubicarnos físicamente para tener algo mínimo, para que nos permita mantenernos en el sistema de la peor manera posible, que es produciendo sin saber para qué. Hay un no programa, un no plan nacional para ciencia y técnica”, cuenta Guillermo.


El ajuste presupuestario es evidente. El Gobierno Nacional solo destina 0.25% del PBI a financiamiento de la actividad científica. De 100 pesos, 0,25 centavos es el valor que se le atribuye a la producción de conocimiento en el país. “Antes, discutíamos ciencia, ahora, discutimos sueldos. Porque ni siquiera tenemos financiamiento para tener tiempo suficiente para pensar y hacer ciencia soberana”, dice Eric.


La situación de les becaries es crítica. El salario o “estipendio” que perciben está por debajo de la línea de la pobreza. La situación se agrava para un becarie con familiares a cargo. Según los últimos datos difundidos por el Instituto de Estadísticas del Defensor del Pueblo (INEDEP), una familia tipo necesita $27,073,24 para no caer por debajo de la línea de la pobreza. El sueldo de becarie doctoral es de $23.600 y una gran parte la destinan al pago de matrículas, cursos, bibliografía, asistencia a congresos, entre otros gastos.

Tampoco cuentan con aportes jubilatorios, antigüedad ni aguinaldo. Esto se suma a que, en las últimas semanas, el directorio de CONICET en Córdoba informó a becaries que las licencias por enfermedades de largo tratamiento serán tratadas caso por caso. “Lo que genera esto es que deje de ser atractivo el campo de la investigación científica. Hay muchos jóvenes que se empiezan a desilusionar en empezar una carrera científica, ni hablar de buscar trabajo. Ya sabe que se tiene que ir afuera”, reflexionan.

Por otro lado, la Carrera del Personal de Apoyo a la Investigación y Desarrollo (CPA) está paralizada. Quienes ocupan ese puesto son personas que realizan asesoramiento técnico a grupos de investigación y colaboran con la puesta en marcha de los programas de investigación y desarrollo. “Antes, había llamados regulares dos veces al año. Cada Instituto tenía la oportunidad de hacer pedido de personal de apoyo y, generalmente, por lo menos uno les daban. Ahora, solamente hubo ingresos en relación a proyectos, que no todos los institutos lo tienen. No está habiendo vacantes puras, son sólo para reemplazar gente que esté en el sistema o que, por algún motivo, se va. De ser una posibilidad más, hoy está prácticamente cerrada”, cuenta Valeria.

Para ella, lo peor está por venir todavía. “Estamos viendo la inercia de las inversiones que se hicieron durante los años anteriores. El IMBIV obtuvo este nuevo edificio en el 2013  y un montón de edificios de Ciudad Universitaria fueron construidos en los últimos años. Hubo subsidio para comprar nuevo equipamiento, para reemplazar equipos viejos que estaban en desuso. Todavía estamos usando esas cosas, pero ya las cosas que se rompen no tenemos dinero para arreglarlas, ni mucho menos va a haber dinero para reemplazarlas. Me parece que todavía no llegó lo peor”.

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Institutos sin poder pagar la luz

Las Unidades Ejecutoras o Institutos son unidades de investigación donde se realizan tareas de investigación científica, tecnológica o de desarrollo. Se desempeñan investigadores, técniques, becaries y administratives. El problema que acucia a los Institutos radica en que el presupuesto no llega en su totalidad y eso genera una situación de agonía que se repite mes a mes. “Hubo institutos que, el año pasado, no tenían para pagar la luz”, dice Valeria.

En muchos casos, los equipos de investigación deben turnarse para utilizar las oficinas o box, tampoco cuentan con mobiliario y, hasta en algunos casos, falta lo básico, como papel higiénico. Reconocen que “esa situación contribuye a no saber si planear un experimento porque no sé si voy a poder mantener la colonia de animales porque me cortan la luz. El hecho de tener esa sensación de que está todo ahí muy agarrado con alambre te hace muy mal”.


Una encuesta realizada por la Red de Intermediarios de Unidades Ejecutoras Córdoba reveló que el 70,3% del personal de CONICET sufrió afecciones emocionales o físicas atribuidas a la situación actual del sistema científico. Ansiedad, estrés e incertidumbre son las más resonantes.


“¿Que clase de gestión es esa? No se puede pagar la luz. Nos evalúan anualmente con lo que produjimos con lo que nos están dando, que es la nada misma. Y nos penalizan con informes rechazados si no hemos llegado a trabajar. Yo trabajo de lunes a lunes, pongo plata cuando no tengo subsidio y después veo la forma de repararla. Hacemos esos esfuerzos para que después tengamos que someternos a la ansiedad, al estrés, a la incertidumbre de presentar un informe a nuestros evaluadores en Buenos Aires, siempre con el corazón en la boca porque no sabés hasta cuándo vas a estar produciendo lo que deberías estar produciendo desde el laboratorio”, denuncian.

Reclamos sin respuestas

Cuando el Presidente Mauricio Macri anunció la disolución del Ministerio de Ciencia y Tecnología, en las asambleas de todo el país hubo llanto y lo recuerdan como un “día negro”. “Las chicas que venían a asamblea todos los días a luchar por su puestos ya lo habían perdido”, dice Guillermo. “Era algo que ya se venía viendo que iba a suceder, se venía anunciado entre pasillos. El día que nos enteramos fue terrible, era la confirmación de que estábamos en lo peor. Ya estaba desfinanciándose, fue más simbólico”.

Para la comunidad científica, Lino Barañao, Secretario de Ciencia y Tecnología, “era una promesa para muchos dentro del campo”, pero terminó siendo “el jinete del ajuste”. Su promesa había sido llevar a 1,5% del PBI la inversión en ciencia. La realidad muestra que la meta está muy lejos de cumplirse. En una entrevista con Clarín, expresó que “ahora se cree que hay derecho a que se financie la ciencia, pero no fue siempre así”. La definición no fue bien recibida por el ámbito científico, quienes ironizaron la declaración: “Nos creemos que hay derecho a frenar los desmontes, a estudiar nuestras enfermedades infecciosas, a abordar nuestras problemáticas sociales, a producir nuestros propios alimentos, a estudiar nuestras comunidades marinas, a tantas cosas. ¿Cómo es que llegamos a creer que tendríamos derecho a abordar cualquiera de tantos temas con recursos propios?”, expresaron.

Salvar la ciencia

El valor de la ciencia y su aplicación es transversal. En Córdoba, hay experiencias que sostienen su trabajo pese a la grave crisis que los golpea. En el Instituto de Ciencias Médicas, “se están desarrollando células madre para investigar distintas patologías, en mi laboratorio, particularmente, Alzheimer, se trabaja en la búsqueda de blancos moleculares que permitan detener o aminorar la enfermedad”, dice Eric.

Otro caso es el del equipo liderado por el investigador Juan Carlos Molina, que trabaja en una campaña para prevenir la ingesta de alcohol en el embarazo. Surge del Instituto Ferreyra y se articula con el Hospital Misericordia y el Hospital Universitario de Maternidad y Neonatología.

Las experiencias que demuestran el peso de la ciencia para el desarrollo son numerosas y diversas; y, hoy, las aúna un reclamo en común: “La ciencia no es cara, cara es la ignorancia”. La respuesta será salvar a la ciencia o despojarla de su historia y potencia transformadora.

*Por Florencia Ogas para La tinta

*Imagen de portada: Colectivo Manifiesto.

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