Si es Bayer es Ético

*Por Marcos Ongini

La cita fue a las nueve de la mañana en Arcos 2493 casi esquina Monroe, en el barrio porteño de Belgrano. Aquel lunes frío y soleado era el último de mayo de 2013. Al llegar nos encontramos con el cartel filiteado en la puerta que indicaba el lugar exacto: El Tugurio. Osvaldo nos recibió con un “¡Buenos días, compañeros!”. Su barba blanca y sus ojos celestes fulguraban por la luminosidad del día.

Sus textos sobre Arbolito y los ranqueles, la vida de Severino Di Giovanni y Simón Radowitzky, las luchas obreras del gallego Antonio Soto, Facón Grande y los peones fusilados en la Patagonia Trágica junto a la dignidad de las Putas de San Julián nos llevaron hasta allí. Leímos sus denuncias históricas sobre Federico Rauch, Julio Roca, Perito Moreno, Ramón Falcón, la familia Martínez de Hoz y otros tantos personajes despiadados que la historia oficial triunfante los homenajea con nombres de ciudades, calles, escuelas y monumentos. Aprendimos que la grieta es fundacional en nuestro país, que fue materializada en la Zanja de Alsina,  aprendimos que se está del lado del pueblo o del lado de quienes lo oprimen. Vimos sus películas y documentales, fue a partir de Awka Liwen que tuvimos contacto con él. Quisimos que Osvaldo y la organización Monumento a la Mujer Originaria pudiesen venir a presentar el documental a Leones. Lamentablemente por un problema de salud en sus incansables piernas de viajero militante no pudimos concretar su llegada. Inmediatamente, decimos ir a su casa y entrevistarlo.

Al entrar a El Tugurio, caminamos por un pasillo corto, hecho de estantes con libros, carpetas y cajas de archivos, hasta el patio de luz interno copado por fotos, recuerdos de sus viajes, más libros y plantas. “Ustedes dirán, compañeros”, dijo Osvaldo, que no dejó que lo llamemos “Don” porque “así se les dice a los patrones de estancia”. Por aquellos días habíamos redactado un proyecto de ordenanza para solicitar al Consejo Deliberante de Leones el cambio de nombre de las calles General Roca y Presidente Roca por Pueblos Originarios y Pampas y Ranqueles respectivamente. Osvaldo adhirió con su firma. Mantuvimos una charla de tres horas sobre la matanza de los pueblos originarios y el robo de sus tierras en la Campaña del Desierto, también aportó sus visiones sobre el peronismo y el kirchnerismo, detalló anécdotas de sus amigos Rodolfo Walsh, Pirí Lugones, Osvaldo Soriano y recuerdos de su viaje a La Habana en el primer aniversario de la Revolución Cubana donde entrevistó al Che. Brindamos con whisky escocés a las diez de la mañana, lo que favoreció a dejar de lado toda formalidad y vibrar al ritmo de sus palabras y silencios octogenarios, de su picardía y sentido del humor que musicalizaban su relato.

Aquel proyecto de ordenanza fue tratado de manera infame por políticos locales sin ningún tipo de debate histórico ni consciencia reivindicativa, al punto de que un concejal manifestó no llevar adelante el cambio de nombre de calles para no ponerse en contra a los vecinos “por la ideología de un historiador”. El proyecto fue rechazado y encajonado, perdimos esa batalla pero aprendimos lo que son las convicciones y la importancia de la tenacidad para defenderlas en la lucha diaria por la verdad y la ética.

En diciembre de 2015, Osvaldo Bayer fue distinguido como Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Rosario, en el marco de la Cátedra Libre del Agua. Viajamos hasta la Facultad de Derecho a escucharlo. Hacía poco tiempo había partido su compañera Marlies Joos. Muy emocionado allí estaba, militando con 88 años, luchando por la verdadera democracia, recordando una vez más a su amigo, “el mejor de todos”, Rodolfo Walsh. Finalizó aquella charla rescatando la historia de la niña apropiada en el Hospital Isidoro G. Iriarte de Quilmes, el 2 de abril de 1977, como parte del plan sistemático de robo de bebés del Circuito Camps. Su madre, Silvia Isabella Valenzi, la llamó Rosa minutos después de dar a luz y antes de que fuera separada de su hija y desaparecida. La partera María Luisa Martínez de González y la enfermera Generosa Fratassi fueron quienes avisaron de forma anónima a la familia de Silvia la existencia y destino de la niña. Luego ambas empleadas del hospital fueron desaparecidas. Osvaldo reivindicó a esas mujeres como “servidoras de la vida y de la ética, [que] dieron un conmovedor ejemplo de valentía y dignidad humana”. También, exigió verdad y justicia por aquella niña, hoy una mujer de 41 años, que continua viviendo con su identidad ultrajada y que lleva el nombre de Rosa como Luxemburgo, también asesinada, como su madre, que murió luchando contra el sistema capitalista.

Osvaldo emprendió su último viaje el 24 de diciembre, irreverente y libertario se fue en una fecha clave para el dogma católico. Nunca abandonó sus convicciones, la esperanza y la lucha. Duele que se haya ido así, en medio de un contexto nacional que se cae a pedazos por la política económica macrista, a cuyo presidente le envió una carta para entrevistarse con el objetivo de que no cerrara la sala de la ExEsma donde se realizaba la escultura de la Mujer Originaria por el artista plástico Andrés Zerneri. Nadie respondió ese pedido y Osvaldo con gran tristeza manifestó: “Yo creo que los argentinos somos estúpidos. Con todo lo que nos pasó. Vos escribís esto en una novela y te dicen que estás loco. ¿Qué hizo Macri por la democracia? Sólo hizo negocios. 20 años luché para que bajen el monumento de Roca, demostrando su racismo, demostrando que buscaba la desigualdad. Y la gente elige a Macri presidente, viví al pedo. Estuve preso, me hicieron exiliar y ahora eligen a Macri, un tipo que defiende a Roca. Vivimos en un pueblo muy difícil”. Todos los que leímos sus obras y lo conocimos sabemos que no vivió al pedo, que fue un imprescindible, un historiador del pueblo, un ineludible pacifista entendedor de la violencia como método de liberación de los oprimidos, el último hijo de una generación comprometida con las causas populares, un intelectual que no vivió encerrado en su biblioteca, que caminó junto a las Madres y Abuelas y que le abrió la puerta de su casa a todo el mundo. Hoy la coherencia entre sus ideas y sus acciones son nuestro camino, nuestra esperanza y rebeldía. Aquí estamos los militantes, los trabajadores, los pueblos originarios, las putas, los viejos y los nuevos con los puños en alto, sosteniendo la dignidad que nos dejó.

Todavía recuerdo el abrazo cargado de felicidad que nos dimos con mis compañeros al salir de aquel Tugurio copado por plantas y libros, a partir de ese momento nada fue lo mismo para nosotros, el curso de nuestra historia cambió para lo que fue y será. Lo vimos por última vez en el patio de la Facultad de Derecho de Rosario rodeado de jóvenes, con un gorro de Rosario Central y una bandera anarquista, mientras una lluvia serena como sus pasos y su voz hecha del canto de los nadies regaba la tarde. Nos acercamos a despedirlo. Mi compañera lo saludó con un abrazo, dulcemente conmovida por la claridad de sus ojos que fulguraban como los destellos de esta lucha que aún continua.

Fotografías: Joaquín Vigna

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