TODAS, TODOS Y TODES: entre lo instituido y lo instituyente

 Un hombre de las viñas habló, en agonía, al oído de Marcela.

Antes de morir, le reveló su secreto:

-La uva -le susurró- está hecha de vino.

Marcela Pérez-Silva me lo contó, y yo pensé: Si la uva está hecha

de vino, quizá nosotros somos las palabras que cuentan lo que somos.

(La uva y el vino, Eduardo Galeano, “El libro de los abrazos)

 

La negación tiene por un lado, la necesidad de diferenciar al otro para luego desvalorizarlo, proyectándolo como inferior. Por otro lado también implica categorizar a ese otro como una “amenaza” al orden establecido.

Esta relación asimétrica está compuesta por dos partes: quien niega y quien padece, sufre, se ve violentado por esa negación.  Porque claro, la negación del otro, implica una violencia simbólica. Y el reconocimiento implica una lucha, una exigencia (Levinas). Así es como de ésta relación dialéctica, resulta una suerte de tensión, porque se encuentra en constante pugna.

En este sentido, Levinas plantea la necesidad de salir de nosotrxs mismxs para suplir la exigencia del otro; lo cual implica un desapego del YO que permite una relación entre dos sujetxs que se consideran iguales, y no una reducción del otro como aquel que puede ser reflejado en el YO.

Cabe resaltar también que quien es negadx construye su identidad en los conflictos y la resistencia. Y a partir de ello, construye su discurso, su universo simbólico que dará entidad y existencia a su universo tangible.

La cultura de la negación, la violencia cultural y/o la violencia estructural –cuando no se puede reconocer a UN agresor- es una forma de violencia que se expresa en creencias, valores, modos de pensar y de dirigir las acciones; esto se traduce como “sentido común”, que lo único que busca es enmascarar la violencia estructural, y legitimarla.

 

Tensiones en el plano de lo simbólico

El lenguaje es un sistema de signos que utiliza una comunidad para comunicarse. Estos signos que cumplen la función de representar, por asociación, objetos y/o hechos fueron, son y serán establecidos por convención. Es decir, surge del acuerdo entre sujetxs e instituciones que marcarán el camino sobre cómo y por qué nombrar así a todo.

El lenguaje abandona todo carácter objetivo, y se ve cargado por las subjetividades que atraviesan a cualquier sujetx, apropiándose de él y resignificándolo. Es decir, se ve influído y condicionado por la realidad misma, las prácticas que lo modifican.

Respecto de la subjetividad del lenguaje, cabe destacar la capacidad de influenciar la construcción y concepción del mundo y la realidad. En este sentido, “colabora a la fabricación de imágenes mentales con las que el público se imagina la realidad y porque logra solidificar y legitimar sus usos” (Sexismo y androcentrismo en los textos administrativo-normativos, Mercedes Bengoechea).

 

Lenguaje, género y androcentrismo

La lengua no tiene sexo, sino género. Entendemos por género a los roles socialmente construidos, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad considera como apropiados para hombres y mujeres. En este sentido, y siguiendo los lineamientos de construcción como un proceso subjetivo, los símbolos a través de los cuales nos comunicamos, han fomentado históricamente a establecer relaciones asimétricas entre lo femenino y lo masculino, dotando al lenguaje de un carácter androcéntrico, donde el masculino se vuelve eje estructurador y construye la concepción del mundo a partir de éste.

En función de esto, la negación de las mujeres en el carácter androcentrista del lenguaje entendido como un sistema, se puede dilucidar una doble carga de violencia: por un lado la violencia estructural -expresada en creencias, valores, modos de pensar y dirigir las acciones debido a las imágenes mentales que significan la realidad a través del lenguaje-, y una violencia sistemática porque niega una ciudadanía plena de las mujeres y de la comunidad trans al negarles la inclusión en el lenguaje por medio de una institución que sistematiza ese lenguaje a lo largo del territorio y excede las fronteras.

 

Entre lo instituido y lo instituyente

Frente a la necesidad de un cambio de paradigma en el abordaje del lenguaje y sus estudios, se comenzaron a utilizar expresiones como “todos y todas”, “niños y niñas” o el “@” por parte de un basto sector. Pero el conflicto no concluye acá ya que perpetúa el binarismo, segregando los estudios de diversidad que abordan los paradigmas posmodernistas. Por otro lado, están las instituciones como la Real Academia Española y parte de la opinión pública que fundan sus argumentos en razones extralingüísticas.

Por lo tanto, se comenzaron a utilizar alternativas como la “x” -aunque al no ser una vocal, no es posible llevarla al lenguaje oral y por lo tanto se puede considerar la exclusión desde la recepción en ciertos sectores- o la “e” que en muchos espacios se ve altamente aceptada y utilizada. Sin embargo, el mismo sector que se opone a la utilización del binario fundando sus argumentos en razones extralingüísticas, también lo hace con la “x” o la “e” argumentando “que no cumple con reglas gramaticales”.

¿Razones? Para encontrarlas, primero es necesario entender que la RAE, como institución, ejerce su poder sobre la lengua. La palabra poder tiene dos sentidos: por un lado refiere al poder sobre algo o alguien, es decir a la capacidad de dominarlo, y el otro al poder para, es decir, al poder para hacer algo, de ser potente, expresa dominio en el sentido de capacidad. (Fromm; Paidós: 1998)

La dicotomía se encuentra en  que poder para indica capacidad generativa, creadora, en relación a lo instituyente.

“Y una vez más, después de tanto y tanto conocernos, vengo de vuelta con el diccionario para aclarar algunas cositas. Que esto no es el diccionario de ninguna real academia, no, no, no. ¿Y qué es eso? Sencillo. Que vamos escribiendo con nuestros cuerpos, en la calle, lo que vamos siendo. Y eso que somos, que tanto gozo, pero tanto dolor nos cuesta y nos ha costado, tiene las palabras que hemos inventado y de las que nos hemos re-apropiado para llamarnos”. (Susy Shock, Crianzas;  2017)

 

Alternativas

Ante ésta relación en pugna entre lo instituido y lo instituyente, propondremos brevemente algunas opciones contempladas por las instituciones pero al mismo tiempo que no perpetúan expresiones androcentristas. (Sexismo y androcentrismo en los textos administrativo-normativos, Mercedes Bengoechea, no dice el año del texto)

Hacer uso de sustantivos colectivos no sexuados o nombres abstractos

El personal de enfermería, en lugar de “los enfermeros”.

Las presidencias, en lugar de “los presidentes”.

Recurrir a la metonimia: en lugar del masculino genérico, mencionar cargos, actividad, profesión, lugar geográfico.

La metonimia es una figura retórica que consiste en designar una cosa o idea con el nombre de otra con la cual existe una relación de dependencia o causalidad (causa-efecto, contenedor-contenido, autor-obra, símbolo-significado)

Hoy habla “la juventud”, en lugar de hoy hablan “los jóvenes”.

Sustituir el participio presente “los/las” por la expresión “quien(es)+verbo activo”

Quienes representan/representen, en lugar de “los representantes”.

Otras variables:

*En las oraciones donde se utilizan sustantivos, sustituirlo por equivalentes con oraciones en relativo “que+se+verbo”: Quienes se han inscrito, en lugar de “los que se inscribieron”.

*Utilizar expresiones neutras como “la especie o las personas (el hombre), el electorado (los electores), la comunidad universitaria (los alumnos), la gente de Villa María (los villamarienses), el equipo docente (los profesores), la ciudadanía (los ciudadanos), en colaboración de (los colaboradores), redactado por (los redactores), la justicia (los jueces)

 

El sexismo no está en la lengua, sino en la mente de las personas. De hecho no podemos hablar de lenguaje sexista, sino de uso sexista del lenguaje, ya que la lengua, ofrece muchas posibilidades para describir una realidad y para expresar todo lo que nuestra mente es capaz de imaginar.

Si lo que hoy rige por las instituciones alguna vez fue instituyente y logró ocupar el lugar de lo instituido, podríamos pensar que éstas expresiones instituyentes que hoy se proponen, pueden servir de alternativas que forman parte de un proceso de construcción para lo que podrá ser definitivo en algún futuro cercano, con todas las “regulaciones” correspondientes.

 

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