La piel

Por Amparo Ordóñez

Nunca pensé que fuera posible hasta que lo vi. El cuerpo de Cicilia estaba húmedo y despedía cierta hediondez que ni el más entendido con su olfato podría describirlo. Pero lo más impresionante era su piel fina y flexible. Esto lo sé porque pellizqué un trozo de piel de su brazo y lo estiré hasta casi un metro, incluso podría haber sido más, pero por impresión y rechazo llegué a caminar no más de un metro con su piel en mi mano. Luego la solté y volvió a su brazo por alguna atracción nauseabunda entre sus huesos y su piel.

Cicilia estaba recostada boca abajo en un colchón en el piso de su sala, con la cabeza apoyada sobre su mejilla derecha. Su respiración era lenta y caliente. La mitad izquierda del colchón estaba totalmente húmeda y ello se debía a que Cicilia tenía la boca abierta hace más de una semana aproximadamente, según Dumas, psicólogo reconocido, que era también el tiempo que se suponía Cicilia estaba en ese estado. Y de su boca abierta y del tiempo trascurrido se sobrentendía que lo húmedo del colchón era su saliva que lenta pero continua caía sobre el cubrecama amarillento.

Dumas no hacia otra cosa que estar sentado en una silla de la sala, mirando el cuerpo y tomando nota en su libreta. Por mi parte, no podía dejar de impresionarme su piel. También no debería olvidarme de su mirada, tan ausente que apenas parecía importarle parpadear, solo lo hacía cuando sus ojos ya estaban irritados de tan secos y con un parpadeo, casi mecánico, los humectaba.

Dumas era mi amigo y vaya a saber uno porqué me invito a observar a su nueva paciente, si es que así se podría llamar a alguien que nunca accedió a ningún tratamiento. Quizás me invito por esos morbos que suelen sostenerse en ciertas amistades. La nuestra era una que disfrutaba del morbo de las situaciones, sobre todo cuando podíamos exagerarlo. De todos modos, ese cuerpo era lo más exagerado que había visto en mi vida, desbordaba cualquiera de nuestras morbosidades.

No podía dejar de pensar en su chiclosa piel y le hablaba de esto a Dumas mientras el asentía, miraba el cuerpo y tomaba nota. En un momento me invadió la duda de saber hasta dónde podía estirarse esa piel sin ni siquiera rajarse. Así que le propongo a mi buen amigo lo siguiente, estirar su piel hasta donde sea posible. Cicilia estaba vestida sólo con la ropa interior de abajo, así que teníamos libertad para  elegir el trozo de piel que quisiéramos mientras sea de la parte trasera del cuerpo.

Cuando terminé de comentarle mi idea a Dumas, éste abrió los ojos y frunció el ceño, como si estuviera sorprendido e incómodo. Luego sonrió y accedió. Dejo su libreta a un lado, se puso de pie y nos colocamos cada uno en un extremo del cuerpo. Dumas donde comenzaba la cabeza y yo donde terminaban sus pies, se podría decir que entre los tres formábamos una línea horizontal.

Por mi parte decidí tomar la piel de sus gastrocnemios o gemelos y mi amigo se decidió por la parte del cuello. Contamos hasta tres y tiramos, pero Dumas en vez de pellizcar la piel, la agarró del cuello levantando la mitad del torso de Cicilia. Lo regañé por semejante torpeza, pero estaba pálido, no se movía y no soltaba el cuello de Cicilia. Como no me respondía solté la piel y fui hasta su lado. Nunca había visto algo semejante, la piel de la mejilla derecha, cuello, busto y el comienzo de su estómago, a casi sesenta centímetros del colchón, no se habían despegado.

Acto seguido y sin emitir una sola palabra, regreso a mi lugar tomo las piernas de Cicilia y las levanto. Ahora el cuerpo estaba en su totalidad suspendido a casi un metro del colchón. Por supuesto que mi amigo tuvo que cambiar de zona agarrándola de los hombros. Era tan repugnante como excitante, la piel no se desprendía del colchón.

Nos mirábamos y sonreíamos. Ambos sentíamos el estómago revuelto de tan desagradable situación aunque un poco también era por la adrenalina de querer estirarlo más. Este calor desordenado de nuestros estómagos subió de manera lenta pero punzante a nuestras cabezas. Se notaba en nuestras miradas pícaras y excitadas y en nuestras sonrisas semejantes a la de un niño que disfruta hacer lo que su mamá le dijo que no.

Sin más, sosteniendo el cuerpo de Cicilia, comenzamos a correr hacia mi lado, teníamos espacio, la sala era enorme. Corrimos hasta que llegamos a la puerta de entrada y sin pensarlo la abrí y seguimos corriendo, bajamos las escaleras y nos topamos con la segunda puerta que da a la calle. Otra vez sin pensarlo la abrí y corrimos a la vereda. Traspirados, excitados y desalineados, comenzamos a correr ahora para el lado de Dumas. Dimos una vuelta de manzana.

Retomemos el recorrido: del colchón a la puerta de entrada, de ésta a las escaleras, de las escaleras a la calle y en la calle dimos una vuelta de manzana. Ahora estábamos de nuevo frente a la misma puerta por la cual salimos a la calle, ¡y la piel no se había despegado del colchón!

Por supuesto este grotesco escenario había llamado la atención de todo el barrio, pero Dumas abusó de su reconocimiento como destacado académico y explicó a las habitantes del barrio que esto no era más que parte de un tratamiento. Todos obviamente le creyeron, quién iba a dudar de Dumas.

Por puro morbo decidimos correr otra vuelta más a la manzana. El cuerpo asqueroso y elástico jamás pudo despegarse del colchón. Risueños y agotados decidimos volver, haciendo todo el recorrido a la inversa.

Una vez acomodado el cuerpo en la misma posición en la que hace días se encontraba, Dumas secó la transpiración de su frente, se acomodó la corbata, metió su camisa en el pantalón y se sentó nuevamente en la silla con su libreta. Por mi parte fui al baño a lavarme la cara y tomar agua. Cuando salí con un poco menos de euforia pero con demasiada curiosidad le pregunte a mi amigo -¿Y doctor, cuál es el diagnóstico? Tosiendo para recuperar su voz, pues necesitaba hablar con seriedad, me respondió -¡Esta paciente tiene un severo caso de pereza!

*La imagen que ilustra este cuento fue seleccionada por su autora, pertenece a Katherine Blackwell. 

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