Macri y el gobierno de la deuda

Escribe Pablo Delgado
*Estudiante de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Villa María
Para El Diario del centro del país

El país está viviendo un proceso de endeudamiento desde la llegada de Cambiemos al gobierno que por su monto y velocidad resulta grave y sumamente problemático. CBonds, sitio dedicado a las finanzas internacionales, indicó en octubre del año pasado que el 20% de la deuda mundial emitida en 2017 es argentina. Esto nos ubica en el primer puesto del ranking de emisión de deuda soberana, holgadamente por arriba de Arabia Saudita. Y por cierto, la mayor parte de dicha deuda se concentra en tan solo cuatro bancos: HSBC, JP Morgan, Citigroup y Deutsche Bank.

Un rápido pantallazo sobre la misma arroja los siguientes datos: según el noveno informe del Observatorio de la Deuda Externa de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET), si se consideran en conjunto las emisiones de deuda del Tesoro Nacional en moneda local y extranjera y de las provincias y el sector corporativo en moneda extranjera, desde inicios de la gestión de Cambiemos hasta la actualidad el total emitido asciende a más de U$S121.588 millones.

De allí, solamente el Tesoro Nacional es responsable de U$S98.185 millones emitidos en lo que va de la gestión de Macri. A su vez, el INDEC presentó cifras del endeudamiento al tercer trimestre de 2017 (sin contar octubre, noviembre y diciembre del mismo año) y el stock (deuda aún no cancelada) llega a más de U$S216 mil millones, registrando una suba del 29,3% con relación a 2015. En números concretos: U$S48.939 millones más. Esto implica que la deuda que tenemos actualmente representa el 36% de nuestro PBI, que debemos tres veces más de lo que exportamos y que de cada 100 dólares, 84 son usados para abastecer la fuga de capitales, beneficiar firmas extranjeras, cubrir la demanda de dólares para turismo y cancelar los vencimientos de una deuda interminable.

A priori, estos números dan cuenta de un serio proceso de erosión de la soberanía, pero en una doble raíz: por arriba, de la soberanía estatal y su actividad configurante frente a otros grandes poderes como el capital financiero internacional; por abajo, en donde una gran cantidad de artefactos de poder y tecnologías de gobierno operan para que el conjunto de la sociedad encuadre su comportamiento en base a las pulsiones de la empresa como modelo de subjetivación y de vida. Y es sobre esto último que quiero puntualizar algunas reflexiones.

La vida con deuda

Las deudas ocupan un lugar muy importante en el neoliberalismo, no solo buscan someter la economía, sobre todo de países dependientes, sino que también se despliegan al ras de los territorios modulando, fabricando y domesticando nuestras subjetividades y prácticas. Es decir, realizan una doble operación de control y disciplinamiento tanto a nivel estatal como a nivel social, más precisamente en las formas de vida. Operar sobre la forma en que vivimos implica transformarnos constantemente en sujetos deudores, inscribirnos subordinadamente en una relación acreedor-deudor, como bien señala el autor italiano Maurizio Lazzarato en su libro “La fábrica del hombre endeudado”, en donde el comando lo tienen los acreedores: los que otorgan los créditos definen las condiciones. Es decir, la deuda se convierte en una condición inmanente de nuestra existencia. Ahora bien, dicha relación es expresión de una relación de poder específica y de extensión planetaria que no se limita a influir sobre las relaciones sociales, sino que incluye determinadas modalidades de control y producción de subjetividades (Lazzarato, M. 2011), cuyo carácter es transversal y absolutamente desterritorializado. Por ende, logra conectar y generar una fuerte intersección con otras relaciones propias del sistema del capital y del patriarcado.

Vivir endeudadx (sic) trastoca nuestra subjetividad. ¿Por qué? Sean individuos o poblaciones enteras, lxs endeudadxs deben encuadrar sus comportamientos en los marcos que define la deuda contraída, por lo tanto, asumen un modo de vida compatible con el reembolso: el de las relaciones de producción capitalistas. Para que esto suceda, la persona no solo debe trabajar y obtener un salario, sometiéndose a condiciones cada vez más generalizadas de precarización, de incertidumbre, de disponibilidad absoluta a la flexibilidad y de nueva esclavitud como aspectos existenciales y estructurales de la fuerza de trabajo (De Giorgi, Alessandro; 2002), sino que también es necesario realizar un “trabajo sobre sí mismo” que hace memoria en nuestro cuerpo e interioriza ciertas disposiciones. Esto es, la actividad económica debe complementarse necesariamente con un “trabajo ético-político” de producción de nuestras subjetividades, sostiene Lazzarato, fundamentalmente porque, como ya lo supieron indicar Deleuze y Guattari, el capitalismo no solo produce mercancías, sino que también la subjetividad misma y ésta última producción es la más importante, base de todas las demás y sustentación del capital. Así, las obligaciones de la deuda gobiernan nuestras conductas, funcionan como una máquina que captura nuestro tiempo, hacen que junto a muchos otros factores nos autogobernemos en base un paradigma empresarial y gerencial de la existencia para ser solventes. Esa es la clave del gobierno de la deuda: regir la conducta apuntando a conseguir un autogobierno del propio individuo (Dardot, P. Y Laval, C.; 2013).

Cambiemos no es simplemente un proyecto económico, también apunta a un “cambio cultural” en base a una férrea voluntad de normalización. En ese sentido, el macrismo disfruta de la servidumbre y encuentra en la deuda una verdadera técnica securitaria de gobierno que intenta limitar nuestra capacidad de crear y vivir “otros mundos”. Así, el mecanismo de la deuda y el despliegue de la lógica neoliberal desde diferentes frentes vacían paulatinamente la democracia liberal y erosionan imaginarios democráticos.

 

Foto extraída de La Izquierda Diario

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