Hilos conductores. La prueba piloto Etchecolatz

 

*Escribe Luis Medina, docente universitario, Rafaela (Santa Fe).

 

Existe un hilo conductor entre los humanos que dignifica a la especie como un altar digno de venerar. Pero también existe otro hilo conductor que nos repregunta el porqué de tanta maldad hacia la propia especie.

Estos hilos se construyen, interrumpen y continúan.

Son los hilos que unen a Sara Méndez, Virginia Kreimer y Mariana, la hija de Etchecolatz; o los que unen a José Martínez Sobrino, Osvaldo Parodi y el propio Etchecolatz.

La guerra no es contra los niños

La noche del 13 de julio de 1976 unas quince personas de civil entraron a la casa de la uruguaya Sara Méndez – exiliada en Buenos Aires- rompiendo puertas. Sara estaba con su bebé Simón de 20 días y una compañera que militaba en la izquierda.

Tomaron posesión de las dos plantas de la casa y ahí mismo empezó el interrogatorio y la tortura para que digan direcciones y nombres de otros uruguayos que estaban viviendo en Buenos Aires.

Uno de los militares tenía a su hijo Simón en brazos y en la otra mano una pistola.

Sara le imploró para llevarlo a donde no sabía, la llevarían. El militar la mira y le dice que lo debe dejar, que no se lo puede llevar con ella y remata con: “No te preocupes al niño no le va a pasar nada porque no es una guerra contra los niños.”

Entre ellos estaba el subcomisario Osvaldo Parodi quien en breve sería el apropiador de Simón.

A Sara la llevaron a Uruguay con otras 20 personas, estaría desaparecida 4 meses y luego detenida “legal” por 5 años.

El tarrito enterrado

Sara salió de la cárcel uruguaya con libertad vigilada en 1981; regresó a Argentina y se contactó con lo que era el germen de Abuelas de Plaza de Mayo. Chicha Mariani -fundadora de Madres- había guardado los datos de un niño pelirrojito como Simón, que estaría en manos de un subcomisario argentino.

Los había guardado en un tarrito de lata que enterró celosamente.

Fue a desenterrar el tarrito, pero no lo pudo encontrar.

José Martínez, el joven prolijo

José Martínez Sobrino no tenía 30 años y era un abogado de familia prominente de la “justicia” porteña. Esos muchachos prolijos que iba por la colectora mientras la universidad transitaba por cambios estructurales en la década del 60/70.

La noche del 30 de julio de 1976 José se lavaba los dientes y preparaba su pulcra ropa para dirigirse el 31 de julio al Juzgado de Menores porteño a cargo de su jefe el Juez Wagner Gustavo Mitchell.

Mitchell era guardián de las buenas costumbres, y dio a la guarda a Simón con 30 días de vida a Osvaldo. Sí, Osvaldo Parodi.

Simón Riquelo con 25 años en el 2001 se hizo un ADN y se reencontró con Sara.

Ya no sería más Aníbal, el nombre que le puso Osvaldo.

Julio, Miguel y José

El 27 de octubre 1976, José Martínez Sobrino seguía con su rutina de lavado de dientes y pensando en la próxima jornada en el Juzgado de Menores.

Lejos de su departamento acomodado, Miguel Etchecolatz le decía a un subalterno “dale, dale, subila un poco más”. Se refería a la picana eléctrica sobre el cuerpo del albañil Jorge Julio López, secuestrado junto a compañeros del peronismo revolucionario en el barrio Los Hornos de La Plata.

José no se imaginaba que ese hilo conductor invisible de energías que hace al agrupamiento de las personas para buenas causas, u otras siniestras, como la que lo uniría a Miguel, empezaba a entrelazase.

Miguel regresa a casa luego de su travesía eléctrica. Mariana y sus hermanos se escondían entonces en el placard para evitar que los salude.

Si bien el milico que entró en la casa de Sara Méndez aclaró que la guerra no era contra los niños, no mencionó que sí incluía a adolescentes de 15 o 17 años. Como aquellos adolescentes de la noche de los lápices, que Miguel se encargó de buscar uno por uno en persona.

La manifestación del hilo conductor invisible

A partir de la lucha incansable de Madres, Abuelas, Hijos y Hermanos y tras la restauración de la democracia como forma de gobierno, aparecen actores nuevos. Mientras en la colectora silenciosa, siguen manejando sus influencias Martínez Sobrino y Etchecolatz.

Mitchell y Martinez Sobrino fueron recusados en 2010 por la apropiación del menor Simón Riquelo el 13/7/1976.

Entre 1986 y el 2016 Etchecolatz fue condenado 5 veces.

Luego de la tercera condena en el 2006, desaparece nuevamente el albañil Julio López. Ese dia Etchecolatz escribe “Julio Lopez” en un papelito .

Virginia hace honor a la especie

En el 2015 el condenado por apropiación de bebes, aplicación de tormentos y asesinato, Etchecolatz pidió domiciliaria y por intervención de la forense Virginia Kreimer no le fue otorgada.

El sábado 5/9/15 apareció un cuchillo con sangre en la puerta de la casa de Kreimer.

Era el segundo mensaje del condenado en Democracia. El primero fue el papelito con el nombre de Julio López.

José tira del hilo y a Miguel no lo quiere ni su hija

A fin del 2017 José Martinez Sobrino le otorgó la domiciliaria a Miguel Etchecolatz en un barrio privado de Mar del Plata.

Para tapar el bosque, la propaganda amarilla mostró a la Gobernadora de Bs As, María Eugenia Vidal parando peligrosos bañeros.

En ese barrio vive una víctima y querellante del viejito… Que, para entender de quien estamos hablando, su propia hija Mariana repudió la detención domiciliaria de su padre y hace unos años logró que le cambien el apellido.

Es decir, no lo quiere ni su hija… por si dudas de mi pensamiento.

José se sigue lavando los dientes todas las mañanas mientras el subcomisario añora valientes intervenciones domiciliarias. Miguel mira por la ventana como una parte de la sociedad renueva la memoria y la verdad que tanto molesta.

Virginia juega ahora con Mariana, ya no escondida en el placard, sino que pisando calles para impedir la libertad del 6 veces condenado.

Fuentes: Página12; Ámbito Financiero; Clarín; La Izquierda Diario; Télam; Retaguardia.

Fotos: Pertenecen al proyecto fotográfico “Ausencias” de Gustavo Germano, extraídas de www.culturainquieta.com

 

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